Eran casi las 5:30a.m y dormía plácidamente aferrada a las sabanas cuando de repente un ruido me despertó –“los mossos, los mossos!” gritaban los compañeros. Yo aún estaba en la cama y sin entender que estaba pasando, esperando cualquier señal que extirpase aquella situación de ciencia ficción o la paranoia colectiva en la cual estábamos ahogados estos últimos días.”Tenéis dos minutos” sentenció una voz grave al fondo del pasillo y muy pronto reconocí las botas, el casco y la porra, y aquel ruido contundente de los pasos masivos que se acercaban y que tanto me habían costado borrar de mi cabeza después de todo aquello ocurrido en la
Pompeu Fabra. Di un salto de la cama y busqué algo de ropa que ponerme por encima, que me tapara delante de aquel extraño. “Dejad los móviles” gritaban, pero la oscuridad y los nervios me impedían hacer cualquier cosa que no fuese temblar. Diferentes voces iban notificándonos que nuestro tiempo se agotaba y que teníamos que salir, así que decidí coger la ropa paulatinamente y marchar antes de que las advertencias se convirtiesen en golpes de porra, después de todo, hay cosas que se aprenden rápidamente.
Saliendo de la zona donde dormían los compañeros que se aglutinaban en las escaleras sentados y custodiados por decenas de mossos pensaba en aquel libro de Primo Levi “si esto en un hombre” y me venían a la cabeza pequeñas imágenes que el explicaba sobre los campos de concentración. Las expresiones de mis cercanos eran las de una derrota inesperada y yo acompañada por 2 mossos cogí un sitio para aguardar saber que harían con nosotros. Una vez estuvimos todos juntos decidimos hacer “arrancacebollas”, que es un método de resistencia pacifica donde todos se cogen de pies y manos a las personas que tienen a los lados para cumplir en desalojo forzoso.”Llamad a los medios! Avisad a los compañeros!” Susurraban entre dientes y, a escondidas, enviábamos mensajes de ayuda.
Continua leyendo Crónica de un desalojo
Lo mas candente